El aburrimiento crónico también puede desgastar la relación con el trabajo y la confianza profesional. Detectarlo a tiempo exige mirar más allá de la cantidad de tareas y prestar atención al nivel de desafío, aprendizaje y sentido.
Durante años, buena parte de las conversaciones sobre bienestar laboral estuvieron centradas en el exceso de trabajo. Jornadas extensas, presión constante, dificultad para desconectarse y agotamiento instalaron al burnout como una de las grandes preocupaciones del mundo laboral. Sin embargo, en el extremo opuesto también puede aparecer una forma de desgaste menos visible.
El boreout describe una experiencia marcada por el aburrimiento crónico, la falta de desafíos y la sensación de estar desaprovechado. No se trata de atravesar una jornada monótona ni de esperar que cada tarea resulte estimulante. El problema empieza cuando esa desconexión se sostiene en el tiempo y el trabajo deja de ofrecer espacios para aprender, aportar o poner en juego las propias capacidades.
Por qué el boreout es mucho más que tener poco trabajo
En todo trabajo hay tareas repetitivas, momentos de menor intensidad y actividades que generan menos interés que otras. “El problema aparece cuando el aburrimiento deja de ser una situación puntual y se transforma en una experiencia sostenida de subutilización”, explica Analía Tarasiewicz, psicóloga del trabajo. “La persona siente que tiene capacidades, conocimientos y energía que su puesto no necesita ni le permite desplegar”, agrega.
Tener una agenda completa tampoco garantiza sentirse involucrado, sobre todo cuando las actividades se repiten, ofrecen poco margen de decisión o no permiten aprender algo nuevo. “También puede haber muchas tareas, pero excesivamente rutinarias, fragmentadas o carentes de sentido. Incluso alguien puede estar todo el día ocupado y, al mismo tiempo, profundamente desconectado de lo que hace”, señala Tarasiewicz al respecto.
Esta diferencia ayuda a entender por qué el fenómeno puede pasar inadvertido. A simple vista, una persona puede parecer ocupada y productiva, pero detrás de esa actividad puede existir una sensación persistente de utilizar apenas una parte de sus conocimientos o de haber dejado de encontrar un propósito concreto en lo que hace.
Las señales de un trabajador que funciona en piloto automático
El boreout no suele presentarse de manera repentina. Muchas veces aparece como una pérdida gradual de iniciativa, curiosidad o participación. Para Andrés Hatum, profesor en Management & Organización de la Escuela de Negocios de la UTDT, una señal peligrosa se manifiesta “cuando alguien que solía aportar empieza a limitarse a cumplir. No necesariamente baja su performance; deja de poner algo de sí mismo en el trabajo”.
Ese cambio puede verse en una menor participación en reuniones, menos preguntas, falta de propuestas o escaso interés por asumir responsabilidades nuevas. En ese sentido, “el boreout no siempre se manifiesta como alguien mirando el techo ocho horas; muchas veces aparece detrás de empleados eficientes que terminaron funcionando en piloto automático”.
Según el State of the Global Workplace 2026 de Gallup, apenas el 20% de los empleados del mundo estaba comprometido con su trabajo el año pasado. Un 64% aparecía como no comprometido y otro 16% como activamente desconectado.
A esto se suma el hecho de que reconocer el aburrimiento laboral puede generar culpa o temor. “Muchas personas lo ocultan porque temen quedar expuestas frente a sus líderes, ser consideradas prescindibles o recibir todavía menos responsabilidades. Por eso desarrollan estrategias para parecer ocupadas, prolongan tareas o simulan una actividad que no refleja su carga real”, comenta Tarasiewicz.
Por eso, esperar a que un colaborador diga que está aburrido puede hacer que el problema se detecte demasiado tarde. Las conversaciones periódicas sobre aprendizaje, intereses y desafíos pueden revelar mucho más que una revisión tradicional del cumplimiento de objetivos.
El impacto silencioso en la autoestima profesional
Pasar demasiado tiempo sin poner a prueba las propias capacidades puede tener efectos que exceden la motivación cotidiana. Cuando una persona siente de manera sostenida que podría aportar más, esa percepción puede empezar a afectar la forma en que evalúa su propio valor profesional.
“Al comienzo suele pensar ‘estoy desaprovechado’. Pero, si la situación continúa, esa percepción puede transformarse en preguntas más profundas como ‘¿Todavía soy capaz?’, ‘¿Perdí valor?’, ‘¿Podría desempeñarme en otro lugar?’. Es decir, un problema vinculado con el diseño del puesto termina internalizándose como si fuera una falla personal”, explica Tarasiewicz.
La relación entre trabajo e identidad ayuda a dimensionar ese impacto. Según la Deloitte Global’s 2025 Gen Z and millennial survey, el 41% de los integrantes de la generación Z y el 46% de los millennials consideran que su empleo principal es central para su identidad.
Cuando una parte importante de la percepción personal está asociada a lo profesional, sentirse estancado durante mucho tiempo puede erosionar la confianza. En este sentido, “la subexigencia sostenida también puede ser una forma de desgaste”, expresa Tarasiewicz. “El trabajo no solo puede dolernos cuando nos exige más de lo que podemos sostener; también cuando nos permite expresar mucho menos de lo que somos capaces de aportar”, añade.
Cómo encontrar el equilibrio entre boreout y burnout
El desafío para las organizaciones no pasa por reemplazar la falta de estímulo por una mayor cantidad de tareas. Si la respuesta al aburrimiento consiste tan solo en elevar la carga laboral, el riesgo es moverse hacia el problema contrario.
“Cuando las demandas crecen permanentemente y los recursos no acompañan, aparece el burnout; cuando las capacidades de la persona exceden durante demasiado tiempo las exigencias de su puesto, aparece el boreout”, afirma Hatum.
Encontrar un nivel saludable de exigencia implica ofrecer oportunidades para aprender y asumir nuevos desafíos, pero también contar con tiempo, herramientas y acompañamiento. El Future of Jobs Report 2025 del Foro Económico Mundial estima que 59 de cada 100 personas necesitarán capacitación antes de 2030. En un mercado laboral en el que las habilidades requeridas cambian con rapidez, esa necesidad es cada vez más importante.
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