Más allá de las ganancias, cada vez más empresas nacionales apuestan por un modelo en el que el cuidado del medio ambiente y de la comunidad sea el eje principal de su estrategia.
Las reglas del mundo corporativo están cambiando. A la exigencia de resultados económicos se suma ahora la presión por generar impacto social y ambiental.
Según el informe “Informe de sostenibilidad para la alta dirección de 2025” de Deloitte, la sostenibilidad figura hoy entre los tres temas más prioritarios para los líderes empresariales globales en la creación de valor. En este contexto, las Empresas B comienzan a ganar visibilidad y la Argentina se afirma como un actor importante en la región.
“Ser una Empresa B significa asumir que el propósito y el impacto no son un complemento del negocio, sino su núcleo”, explicó Marina Arias, directora ejecutiva de Sistema B Argentina, en diálogo con POST. Detrás de esta idea hay un cambio profundo en la lógica empresarial, donde el foco empieza a desplazarse de la rentabilidad pura hacia la integración del impacto social y ambiental.
Qué implica ser una Empresa B
Las Empresas B son compañías certificadas por B Lab, el organismo internacional que valida el cumplimiento de altos estándares de desempeño social, ambiental y de transparencia. A diferencia de otras certificaciones, que suelen enfocarse en procesos o productos específicos, esta evalúa el impacto total de las empresas, con una mirada integral sobre su modelo de negocio.
El proceso incluye una revisión exhaustiva y la verificación de la información reportada. Además, las empresas deben modificar sus estatutos para incorporar formalmente el compromiso de generar un impacto positivo. Esto implica una obligación legal y pública de mantener esa misión a lo largo del tiempo.
“El enfoque es de 360 grados, sin importar el tamaño o la industria. No se trata de acciones aisladas, sino de integrar el impacto en toda la operación”, señaló Arias. En ese sentido, el modelo busca un enfoque de negocio que beneficie a:
- Accionistas
- Trabajadores
- Comunidades
- Medio ambiente
Argentina, entre los líderes globales
Los números respaldan el posicionamiento del país. Argentina cerró 2025 con más de 280 Empresas B certificadas, tras incorporar 54 nuevas compañías durante el año. Con este crecimiento, se ubica entre los diez países con mayor número de organizaciones certificadas a nivel global y es el segundo en América Latina, solo detrás de Brasil.
El ecosistema local abarca 30 sectores económicos, genera más de 44.000 puestos de trabajo y registra ingresos anuales por encima de 5.000 millones de dólares. Además, las Empresas B están distribuidas en distintas provincias, con una fuerte presencia en la Ciudad y la Provincia de Buenos Aires, así como en polos como Córdoba y Mendoza.
Para Arias, este desarrollo es particularmente importante porque se da en un contexto desafiante: “Incluso frente a una coyuntura económica compleja y sin un marco de políticas públicas específico, Argentina lidera gracias a una combinación de convicción, resiliencia e innovación”.
Esa capacidad de adaptación, histórica en el empresariado argentino, hoy se orienta a integrar el impacto como parte central de la estrategia. “Cada vez más líderes entienden que, si no cuidamos a las personas y los recursos, no hay negocio posible a largo plazo”, agregó.
Factores que explican el crecimiento
El auge de las Empresas B en Argentina responde a la convergencia de varios factores.
Por un lado, la presión de los mercados internacionales, especialmente en Europa, impulsa a las compañías a adoptar estándares de sostenibilidad más exigentes. Por otro lado, los consumidores muestran una creciente preferencia por marcas con un impacto positivo.
Según la “Encuesta global de PwC sobre informes de sostenibilidad 2025”, la obligación de rendir cuentas bajo estándares internacionales, como CSRD o ISSB, está impulsando a las empresas a transformar sus datos de sostenibilidad en información estratégica para la toma de decisiones.
Dentro de ese marco, la certificación funciona como una hoja de ruta clara para ordenar, medir y mejorar la gestión del triple impacto. No es casualidad que, en 2025, unas 580 empresas argentinas hayan comenzado a medir su desempeño con la Evaluación de Impacto B, una herramienta que ya utilizan miles de compañías en el país.
Además, el ecosistema se fortalece mediante la colaboración. Durante el último año, se generaron cientos de vinculaciones comerciales entre empresas certificadas, así como espacios de networking y alianzas estratégicas que potencian el desarrollo del sector.
Compromisos concretos y medibles
Convertirse en Empresa B implica asumir compromisos exigentes. La certificación evalúa el desempeño en siete grandes áreas:
- Gobernanza
- Acción climática
- Derechos humanos
- Trabajo justo
- Gestión ambiental
- Diversidad e inclusión
- Participación en políticas públicas
Cada empresa debe cumplir requisitos específicos según su tamaño, sector y ubicación, y atravesar un proceso de validación riguroso. Además, la certificación tiene una vigencia de cinco años, durante los cuales deben demostrar mejoras.
Esto subraya que la certificación no es un fin, sino parte de un proceso activo y en constante desarrollo. Las Empresas B deben evolucionar alineando su operación con los desafíos sociales y ambientales.
Casos que marcan tendencia
El crecimiento del movimiento se refleja en casos concretos, extraídos del catálogo de Sistema B Argentina, que muestran cómo el triple impacto puede integrarse a distintos modelos de negocio:
- 10Pines: empresa de desarrollo de software enfocada en las personas que utiliza metodologías Agile y se destaca por una cultura organizacional basada en la transparencia, la colaboración y la diversidad.
- Tonka: fabrica estructuras para paneles solares y sistemas de bombeo, promoviendo la sostenibilidad mediante la reducción del consumo eléctrico y la gestión responsable de residuos junto a ONGs.
- Dibago: trabaja con comunidades, empresas y gobiernos para crear proyectos de triple impacto y programas de desarrollo local que fomentan la inclusión y el fortalecimiento de las economías regionales.
La diversidad del ecosistema queda clara en estos casos, que abarcan desde grandes corporaciones hasta emprendimientos tecnológicos o ambientales, todos centrados en generar impacto.
Un modelo con impacto estructural
Uno de los rasgos distintivos del ecosistema argentino es que el 70% de las Empresas B certificadas opera bajo un Modelo de Negocio de Impacto. Esto significa que el impacto positivo está directamente vinculado a la generación de ingresos.
A nivel global, el movimiento también muestra un crecimiento sostenido. En 2025, se superaron las 10.000 Empresas B en más de 100 países. Este hecho consolidó un tejido productivo que trasciende la lógica de nicho y se posiciona como una alternativa concreta en el sistema económico.
El aprendizaje argentino para la región
“El ecosistema de impacto argentino es valorado a nivel global. Demuestra que se puede construir una visión de largo plazo, aun en escenarios complejos”, afirmó Arias.
La clave parece estar en la mezcla de estos factores:
- Una cultura empresarial resiliente
- La adopción de estándares internacionales
- Una creciente conciencia sobre la importancia del impacto
Las Empresas B ofrecen una hoja de ruta clara. Y Argentina, con su experiencia, se posiciona como uno de los laboratorios más activos en esa transformación.
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