Seis de cada diez compras se pagan de manera digital

Por Equipo Santander Post | 10-02-2026 | 6 min de lectura

El celular reemplaza al billete y cada pago se siente más rápido y cotidiano. La forma en que vemos, gastamos y administramos nuestro dinero cambió para siempre.

Pagar el café, dividir una cena, armar un pozo para un regalo o abonar una factura ya no implica contar billetes ni buscar un cajero automático. El dinero dejó de ser algo que se toca para convertirse en algo que se gestiona desde una pantalla. Hoy, seis de cada diez compras se pagan de manera digital en América Latina, una cifra que confirma que el efectivo perdió su rol protagónico en la vida cotidiana.

Según un análisis de Payments & Commerce Market Intelligence (PCMI) correspondiente a 2025, los pagos digitales ya representan alrededor del 60% del gasto de los consumidores en la región, mientras que la participación del efectivo cayó al 37%. Este cambio no es solo tecnológico, sino cultural. La relación con el dinero se transformó y, con ella, los hábitos y la percepción de control financiero.

Hoy la gente paga, cobra, envía y recibe en tiempo real, sin fricción y sin tener que “portar” el dinero físicamente. En ese proceso, el celular pasó a ocupar el lugar que antes tenía la billetera.

El efectivo y el “dolor de gastar”

Desde la economía del comportamiento, el paso del efectivo a lo digital también tiene efectos psicológicos. Emiliano Díaz del Valle, economista del comportamiento, director de Busara y cofundador del IMEC, afirmó en diálogo con POST que pagar en efectivo hace
que el gasto sea más visible y tangible. “Ves los billetes, los contás y literalmente se van de tu mano. Eso hace que el costo se sienta más real”, señaló.

En cambio, el dinero digital resulta más abstracto y se vive como un número que desciende en una pantalla. Esa diferencia reduce el llamado “dolor de pagar” y, en algunos casos, facilita el gasto impulsivo.

Sin embargo, Díaz del Valle aclaró que lo digital no es sinónimo de descontrol. “Notificaciones inmediatas, límites de gasto y herramientas de ahorro automático pueden funcionar como barandas que el efectivo no tiene. El problema no es lo digital en sí, sino
que suele eliminar fricciones que antes nos hacían pausar y pensar”, detalló.

Por otro lado, Martín Tetaz, economista e investigador, sumó otra mirada vinculada a la experiencia argentina en conversación con POST. Durante años, el uso del efectivo funcionó como una forma de autocontrol.

“Había una animaversión al gasto del efectivo, sobre todo cuando existían billetes de alta denominación. Te dolía cambiar uno grande y eso te hacía frenar gastos”, explicó. Hoy, con billetes de menor valor real; ese efecto se diluyó. “El punto a favor de mantenerse en
efectivo ya no está”, resumió.

Ver el gasto, pero no todo el gasto

Uno de los argumentos más repetidos a favor del dinero digital es la trazabilidad. Las billeteras permiten ver cuánto se gasta y en qué, casi en tiempo real. Sin embargo, esa visibilidad tiene límites. Tetaz advirtió que la información suele agruparse en grandes rubros y deja fuera el detalle fino. “Sería buenísimo poder ver los pequeños gastos, porque eso sí podría generar un incentivo fuerte al ahorro”, sostuvo.

La comparación con las dietas es ilustrativa. “Cuando el nutricionista te pide anotar todo lo que comés, tomás conciencia. Con los gastos pasa lo mismo”, explicó. El problema es que muchas apps no separan el licuado ocasional, la galletita o la compra impulsiva y esos gastos hormiga se diluyen en categorías amplias.

Por su parte, Díaz del Valle coincidió y señaló que ahí se genera un punto ciego. “Podés tener la sensación de que ‘vas bien’, mientras los gastos pequeños y frecuentes se acumulan y drenan el presupuesto”, argumentó. Para construir hábitos de ahorro, la información debe ser clara y práctica, abarcando aspectos como:

● La frecuencia de compras.
● Las suscripciones activas.
● Las comisiones.
● Las repeticiones que suelen pasar inadvertidas.

La lógica del ahora y la velocidad del dinero

La digitalización también impuso una nueva expectativa, que es la inmediatez. Si un mensaje se envía en segundos, el dinero debería moverse igual. La gente se acostumbró a la lógica del ahora y el dinero se volvió parte de la conversación.

Esa rapidez también cambia el ritmo de las decisiones. “Si puedo pagar en un segundo, también decido más rápido y con menos pausa”, sostuvo Díaz del Valle. Eso puede aumentar las compras impulsivas, porque desaparece el tiempo de enfriamiento que antes existía.

En cambio, el economista argentino puso el foco en otro efecto clave de esa velocidad, que es la competencia. La aparición de billeteras digitales remuneradas obligó a los bancos a cambiar su estrategia. “Los bancos tuvieron que salir a ofrecer cuentas remuneradas. Si no, la gente transfería automáticamente su dinero”, afirmó. La digitalización, en ese sentido, no solo agilizó pagos, sino que también reconfiguró el sistema financiero.

Pagos digitales en barrios y comunidades pequeñas

El avance del dinero digital no se limita a grandes ciudades o perfiles tecnológicos. También crece en economías barriales y comunidades más pequeñas, donde el pago con el código QR en la verdulería o en la carnicería dejó de ser una rareza.

Lo social juega un rol clave para el cofundador del IMEC. “Cuando ves que tu vecino ya lo usa, que el comercio de confianza lo acepta y que funciona, baja la incertidumbre y la adopción se acelera”, detalló. La confianza se transmite por observación directa y recomendación.

Tetaz también agregó que este proceso tiene un impacto estructural, con mayor bancarización y más trazabilidad de la economía. “Eso facilita la recaudación del Estado y empuja incluso a la economía informal a buscar herramientas digitales”, señaló. Al mismo tiempo, abre debates sobre privacidad y sobre la búsqueda de alternativas digitales que funcionen con la lógica del efectivo.

El informe “Más allá del dinero en efectivo”, elaborado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), confirma que la transición hacia los pagos digitales en América Latina no es uniforme. La adopción depende de la interoperabilidad de los sistemas, la confianza en las plataformas y la regulación local y, aunque la mayoría ya utiliza métodos digitales, todavía hay brechas que afectan a ciertos segmentos.

Esto coincide con lo que observan los especialistas sobre la importancia de la experiencia y la aceptación social en el entorno cercano.

Un cambio que todavía convive

El efectivo no desaparece de un día para otro, pero pierde centralidad. La sensación de seguridad y control que antes estaba en el billete hoy migra a la pantalla, donde se puede ver, mover y administrar el dinero en tiempo real.

El desafío, según ambos especialistas, radica en usar esas herramientas para tomar mejores decisiones. Porque si bien seis de cada diez compras ya se pagan de manera digital, el verdadero cambio está en cómo se piensa y se gestiona el dinero en la vida cotidiana.

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