La razón psicológica por la que sentís que el día no te alcanza nunca

Por Equipo Santander Post | 02-09-2026 | 6 min de lectura

La tecnología permite hacer en minutos tareas que antes llevaban horas, pero eso no necesariamente se traduce en más tiempo libre. Especialistas advierten que la productividad se expandió del trabajo a la vida cotidiana, mientras las redes sociales fragmentan la atención y alimentan la sensación de estar permanentemente ocupados. 

 Hay una paradoja difícil de ignorar. Nunca tuvimos tantas herramientas diseñadas para ahorrar tiempo y, sin embargo, pocas cosas parecen tan frecuentes como terminar el día con la sensación de que quedaron asuntos pendientes. 

La inteligencia artificial redacta un correo en segundos. Las aplicaciones permiten pagar cuentas sin hacer una fila. Una videollamada evita un viaje. El supermercado llega a casa. Los algoritmos recomiendan qué mirar, qué escuchar y hasta qué camino tomar. Buena parte de las tareas que hace apenas unas décadas exigían horas de trabajo, traslados o coordinación hoy pueden resolverse desde un teléfono. 

Entonces, ¿por qué sentimos que el día no alcanza nunca? 

Una de las respuestas aparece cuando se abandona la idea de que el problema consiste simplemente en organizar mejor las 24 horas del día. La sensación de falta de tiempo también puede surgir de otro fenómeno: la tecnología nos invita a elevar la cantidad de cosas que esperamos poder hacer, mientras el trabajo, las redes sociales y hasta el ocio compiten de manera permanente por nuestra atención. 

Por qué sentís que el día no te alcanza: una atención fragmentada 

Para Joan Cwaik, autor de El Algoritmo, divulgador tecnológico y profesor de la Universidad de San Andrés, el problema no es que el día tenga menos horas, sino la frecuencia con la que interrumpimos lo que estamos haciendo. 

“Las horas del día siguen siendo las mismas y lo que cambió es la cantidad de veces que las cortamos por la mitad”, explica. Según Cwaik, muchas de esas interrupciones comienzan cuando abrimos una red social por aburrimiento o para postergar una tarea que genera rechazo. Al regresar, sostiene, hace falta un tiempo considerable para recuperar el hilo, en ocasiones mayor que el de la propia distracción. 

Cuando ese proceso se repite muchas veces en una jornada, dice, aparece “la sensación de haber estado ocupado todo el día sin terminar casi nada”. Cwaik define este fenómeno como “sedentarismo cognitivo”. Compara la capacidad de sostener la atención con un músculo que puede atrofiarse cuando deja de ejercitarse y advierte que, al mismo tiempo, cambia la percepción del tiempo: las horas parecen breves mientras transcurren, pero “vacías cuando mirás para atrás”. 

Su recomendación es “elegir deliberadamente” cuándo abrir el teléfono y mantenerlo lejos durante los bloques en los que hace falta concentrarse de verdad. 

Por qué las redes sociales consiguen interrumpirnos 

El estudio Why Are We Distracted by Social Media?, de Christina Koessmeier y Oliver B. Büttner, publicado en Frontiers in Psychology en 2021, analizó las experiencias de 329 participantes en Alemania para entender por qué las personas abandonan momentáneamente una tarea para revisar una plataforma. 

Los investigadores identificaron dos grandes motivos. El primero está vinculado con la dimensión social: mantenerse conectado, saber qué hacen los demás y responder a determinadas expectativas. El trabajo lo resume como distraerse “por buscar conexión social y cumplir con las expectativas de los demás”. 

En este punto aparece también el FOMO —fear of missing out o miedo a perderse algo—, señalado por el estudio como uno de los factores importantes asociados con la distracción por motivos sociales. 

El segundo motivo tiene que ver con aquello que estamos haciendo antes de distraernos. Las redes pueden transformarse en una salida frente al aburrimiento, una obligación poco atractiva o una situación incómoda. Según los investigadores, se utilizan también “para evitar tareas desagradables o hacer más agradables las situaciones incómodas”. 

Es decir, no siempre miramos el celular porque una notificación reclama nuestra atención. A veces buscamos acercarnos a algo —una conversación o una novedad— y otras escapar, aunque sea por unos minutos, de aquello que no queremos hacer. 

La falacia de productividad: hacer más no nos dio más tiempo 

Federico Fros Campelo, divulgador científico y speaker TEDx, suma otra dimensión: la creencia de que las herramientas digitales deberían dejarnos más tiempo libre. 

A esa idea la llama “falacia de productividad”. Según explica, creemos que hacer más cosas o resolverlas más rápido gracias a la tecnología —y ahora también a la inteligencia artificial— debería liberar espacio para el ocio. Sin embargo, afirma que las últimas décadas mostraron lo contrario. 

“Cuanto más producimos y más herramientas creamos para usar en el trabajo, más cosas generamos, más problemas aparecen y más tareas tenemos que procesar, reprocesar y coordinar”, sostiene. El resultado, señala, es una cantidad de trabajo cada vez mayor. 

Pero para Fros Campelo, la autoexigencia ya no termina cuando termina la jornada laboral. Antes, estaba vinculada sobre todo con trabajar, pagar las cuentas o criar a los hijos. Ahora la productividad se trasladó también a aspectos de la vida que anteriormente eran cualitativos. 

Esa lógica puede alcanzar incluso actividades que deberían pertenecer al ocio o al bienestar. Fros Campelo menciona la presión por “maratonear series”, ser “hiperfit”, hacer maxing en el gimnasio o convertir prácticas como el yoga y otras búsquedas personales en escalas que siempre hay que superar. 

El especialista habla de un “aluvión de productividad no laboral”, en el que las personas sienten que tienen que cumplir y rendir también fuera del trabajo. Y relaciona ese fenómeno con las ideas del filósofo Byung-Chul Han sobre la denominada “sociedad del cansancio”. 

Entonces, ¿por qué sentimos que nunca alcanza el tiempo? 

El problema, entonces, no parece ser simplemente que al día le falten horas. Es que cada vez intentamos hacer entrar más cosas dentro de ellas, mientras nuestra atención se reparte entre interrupciones, pendientes y estímulos que rara vez dejan un momento verdaderamente vacío. 

Si cada minuto liberado vuelve a convertirse enseguida en una nueva tarea, una nueva meta o una nueva forma de rendimiento, la sensación de insuficiencia probablemente permanezca intacta. Tal vez por eso el desafío no sea aprender a exprimir mejor el día, sino dejar de vivirlo como una superficie que debe estar siempre llena. 

 

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