La transformación tecnológica acelera la demanda de nuevas habilidades y obliga a revisar cómo se validan los aprendizajes en el mundo del empleo.
El título universitario sigue siendo una credencial sólida para acceder a mejores oportunidades laborales. La transformación digital y los cambios en las demandas productivas, sin embargo, ampliaron el mapa de opciones. Hoy convive con certificaciones digitales o microcredenciales ofrecidas por universidades, plataformas educativas y compañías tecnológicas.
En la Argentina de 2026, el peso de cada credencial depende del sector, del puesto y de la trayectoria de la persona. Hay actividades en las que el título conserva un valor decisivo. En otras, una certificación específica puede tener un impacto inmediato. La discusión se desplaza hacia cómo se integran esas credenciales y qué capacidad tienen para demostrar aprendizajes relevantes.
Un mercado con credenciales más integradas
“Desde la experiencia de OEI Argentina, lo que vemos es que el valor de las credenciales está cambiando hacia un esquema más híbrido”, señaló Guillermina Laguzzi, experta en educación y trabajo de OEI Argentina.
Además, explicó: “El título universitario sigue siendo importante, especialmente como señal de base formativa, pero ya no alcanza por sí solo. Las empresas empiezan a mirar más integralmente las trayectorias: qué sabe hacer la persona, qué experiencias tiene y cómo actualiza sus conocimientos”.
En ese contexto, las certificaciones digitales ganan terreno porque permiten demostrar habilidades concretas y recientes. Su valor cambia con rapidez. Laguzzi mencionó el caso de la programación. Hace algunos años, las certificaciones cortas podían abrir la puerta a determinados roles.
“Hoy, con la irrupción de la IA, muchas de esas tareas más operativas pierden valor y vuelve a cobrar más importancia la base formativa, como los fundamentos que aportan los ciclos iniciales de carreras como ingeniería”, señaló.
Qué buscan los empleadores
Las empresas valoran perfiles capaces de integrar conocimientos técnicos con habilidades transversales. La comunicación, la resolución de problemas y la capacidad de aprender aparecen con fuerza en un escenario donde la tecnología modifica puestos y funciones.
“Las certificaciones cortas tienen un lugar claro: sirven para adquirir o actualizar habilidades puntuales”, sostuvo Laguzzi. En un contexto de cambio tecnológico acelerado, agregó, gana peso “la capacidad de aprender, resolver desafíos, reconvertirse y sostener una base sólida de conocimientos”.
Esa mirada también se observa en estudios recientes sobre inteligencia artificial. El “Estudio de rendimiento de la IA 2026” de PwC señala que las empresas que lideran la adopción de la IA ponen el foco en el aprendizaje continuo y específico para cada rol. La actualización, en ese sentido, gana valor cuando está vinculada a tareas concretas y a la capacidad de aplicar nuevas herramientas en el trabajo cotidiano.
Por su parte, Claudia Jacinto, investigadora superior del CONICET especializada en formación para el trabajo de jóvenes en Argentina y en las relaciones entre educación, juventud y empleo, advirtió en conversación con POST que no existe una demanda uniforme.
“Conviven sectores altamente profesionalizados, segmentos que priorizan experiencia práctica, espacios donde pesan redes de contacto, y otros donde se valorizan competencias técnicas muy específicas”, explicó.
Aun con esa diversidad, el título universitario mantiene un peso elevado. Según Jacinto, funciona como credencial central para acceder a:
- Ocupaciones profesionales
- Posiciones jerárquicas
- Trayectorias laborales más estables
También comunica la capacidad de sostener procesos formativos prolongados y de afrontar exigencias institucionales reconocidas.
Dónde ganan fuerza las certificaciones
“Muchas veces se demandan determinados cursos o certificaciones para puestos concretos (por ejemplo, en áreas tecnológicas, idiomas, software o marketing digital) y en algunos segmentos pueden incluso tener mayor peso inmediato que un título generalista”, explicó Jacinto.
Ese valor depende del sector, del tipo de empleo y del prestigio de la institución que certifica. La misma lógica se aplica a los títulos universitarios. No todas las credenciales pesan igual ni son leídas del mismo modo por los empleadores.
Por eso, las certificaciones aparecen con más fuerza como complemento. Actualizan sus saberes, permiten la especialización rápida y muestran disposición al aprendizaje continuo. Ese movimiento también llega a las universidades, que avanzan hacia formatos modulares, certificaciones intermedias y trayectos más flexibles.
El riesgo de sumar credenciales sin reconocimiento
Las microcredenciales suelen presentarse como una herramienta para ampliar el acceso a mejores empleos, especialmente para personas con trayectorias educativas interrumpidas. Laguzzi reconoció ese potencial, aunque marcó límites claros.
El primero es la llamada “inflación de credenciales”. Cuando proliferan cursos cortos desconectados y sin reconocimiento por parte del sector productivo, esas acreditaciones pierden valor para trabajadores y empleadores.
El segundo límite es más estructural. “Si las personas no cuentan con saberes básicos (lectura, escritura, matemáticas, pensamiento lógico), las certificaciones por sí solas no resuelven nada”, advirtió.
El riesgo es que se ofrezcan como atajos y terminen reforzando las desigualdades. Cuando se integran a trayectorias formativas más amplias, en cambio, pueden reconocer saberes previos y abrir recorridos más flexibles para jóvenes y adultos.
Un sistema más claro para leer las credenciales
“Sin esa arquitectura institucional, las certificaciones corren el riesgo de quedar como señales dispersas, útiles para algunos sectores pero débiles para reducir desigualdades”, advirtió Jacinto.
La investigadora plantea que universidades, empresas, plataformas educativas y el Estado deberían acordar criterios comunes. Hace falta definir qué acredita cada credencial, cómo se evalúa y cómo puede acumularse para trayectorias formativas más largas.
En Davos 2026, el Foro Económico Mundial (WEF) impulsó modelos que buscan conectar de manera más directa la educación y el empleo, con la participación de universidades, empleadores y gobiernos. Entre esas herramientas se encuentran las microcredenciales, pasantías y los esquemas de formación integrados con experiencia laboral.
El desafío, según Laguzzi, es construir un sistema de credenciales confiable, legible e integrado. Eso exige una mayor articulación entre las universidades y el sector productivo. También requiere cambios en la educación superior.
Las habilidades que no se aprenden sólo en un curso breve
La discusión también abarca las habilidades blandas. El trabajo en equipo, la responsabilidad y la adaptabilidad son competencias que el mercado laboral menciona cada vez más.
Jacinto señaló que muchas de esas capacidades se construyen a partir de experiencias institucionales sostenidas, de prácticas colectivas y de ámbitos reales de trabajo. Resulta difícil reducirlas por completo a un curso breve y exclusivamente online.
Ese punto ayuda a explicar por qué las trayectorias formativas largas mantienen su valor. Importa participar de espacios donde se desarrollan hábitos, vínculos y modos de resolver problemas.
La clave está en la articulación
El mercado laboral argentino presenta un escenario mixto. Los títulos universitarios siguen siendo importantes para las profesiones reguladas y los puestos jerárquicos. Las certificaciones digitales ganan peso cuando permiten actualizar conocimientos o demostrar habilidades específicas en sectores dinámicos.
La pregunta central es cómo se articulan. Las carreras profesionales se construyen cada vez más con distintas credenciales y experiencias laborales diversas. En ese recorrido, la formación de base conserva su valor. La actualización permanente también. El desafío es que ambas puedan integrarse con reconocimiento real.
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