¿Procrastinar puede ser una señal de inteligencia? Qué dice la ciencia sobre postergar y pensar de más

Por Equipo Santander Post | 10-09-2026 | 6 min de lectura

Dar vueltas sobre un problema o postergar una tarea suelen considerarse conductas negativas. Sin embargo, distintos estudios distinguen entre formas diferentes de rumiación y muestran que, en determinadas circunstancias, dejar un problema en pausa puede favorecer la creatividad. Especialistas explican qué ocurre cuando la reflexión y la demora forman parte de la elaboración y qué sucede cuando se vuelven persistentes. 

Pensar una y otra vez sobre una situación. Postergar una decisión. Dejar una tarea en pausa y volver a ella más tarde. Aunque son experiencias diferentes, suelen quedar asociadas a dos conceptos cargados de una connotación negativa: rumiación y procrastinación. 

Un estudio publicado en la revista científica Intelligence, realizado por especialistas de la Universidad de Colorado Boulder sobre 751 participantes del Colorado Longitudinal Twin Study, examinó la relación entre distintas formas de rumiación y medidas de inteligencia. 

Los investigadores distinguieron entre dos maneras de quedar atrapado en pensamientos repetitivos. Por un lado, el brooding, asociado con permanecer concentrado en emociones negativas. Por otro lado, la denominada rumiación reflexiva, vinculada con el análisis de los propios pensamientos y emociones. 

Según el estudio, la rumiación reflexiva se asoció positivamente con todas las medidas de inteligencia analizadas. El brooding, en cambio, no mostró la misma relación. De esta forma, el trabajo señala que la rumiación puede estar compuesta por diferentes dimensiones y que no todos sus componentes se relacionan de igual manera con la cognición. 

Federico Fros Campelo, speaker internacional y autor de varios bestsellers sobre conducta humana, propone, además, observar el componente emocional que puede encontrarse detrás de estos procesos. “Tanto la procrastinación como la rumiación son, ante todo, actividades emocionales, aunque de manera equivocada se difundió la idea de que tienen que ver principalmente con procesos mentales cognitivos, es decir, con el pensamiento”, explicó en conversación con Post. 

Para el especialista, que la rumiación se manifieste a través de pensamientos que vuelven una y otra vez no implica que el proceso comience necesariamente allí. Su explicación pone el origen en la preocupación. 

“La rumiación, concretamente, consiste en entrar en una especie de espiral mental, como hacen los rumiantes”, explica. Y agrega: “Los pensamientos aparecen porque antes existe algo que los impulsa: la emocionalidad propia de sentirse preocupado”. 

Qué ocurre cuando una preocupación moviliza recursos mentales 

Fros Campelo vincula ese mecanismo con la respuesta frente a una amenaza. Según explica, cuando una persona atraviesa un distrés frente a un problema o una amenaza, el cerebro entra emocionalmente en “modo amenaza” y pone a disposición recursos cognitivos y racionales. Esos recursos, sostiene, pueden mantenerse activos con el objetivo de resolver aquello que activó la preocupación. 

El especialista plantea que una persona con mayor capacidad intelectual puede disponer de más recursos para sostener simultáneamente diferentes elementos de ese problema. Pero inmediatamente introduce una distinción: “Contar con más recursos mentales puede indicar un mayor intelecto y una mayor inteligencia cognitiva, pero no necesariamente una mayor inteligencia emocional”, señala. 

Paralelamente, Gaby Hostnik, divulgadora, speaker y especialista en neurociencias aplicadas e inteligencia emocional, sostiene que, desde la neurociencia aplicada, “la procrastinación y la rumiación no pueden considerarse indicadores de inteligencia”. Hostnik señala, en cambio, que algunos procesos de reflexión profunda pueden favorecer el análisis, la creatividad y la resolución de problemas cuando se producen de manera transitoria y dentro de un contexto adaptativo. 

Procrastinación e incubación: qué pasa cuando un problema queda en pausa 

En los estudios sobre creatividad aparece otro concepto: el de incubación. Resolver un problema verdaderamente abierto no siempre constituye un proceso lineal. Puede existir una instancia de preparación y luego un período en el que el problema se deja de lado, consciente o inconscientemente, antes de que aparezca una solución. Ese período intermedio es denominado incubación. 

Un estudio publicado en 2025 en Scientific Reports analizó lo que sucede durante esa pausa y encontró que dejar que la mente divague durante el período de incubación, en lugar de mantenerse ocupada o concentrada, predijo un aumento posterior de la creatividad. 

El concepto permite diferenciar ese período de incubación de la idea genérica de “perder el tiempo”: se trata de un proceso mental específico estudiado en relación con la resolución creativa de problemas. La relación entre demora y creatividad tampoco implica que cuanto más se postergue una tarea, mejores serán los resultados. 

Un estudio publicado en 2021 en Academy of Management Journal encontró que el vínculo no era lineal. Los empleados que procrastinaron de manera moderada, cuando el trabajo realmente les interesaba, produjeron ideas más originales que aquellos que comenzaban inmediatamente o que postergaban demasiado. 

El estudio plantea, por lo tanto, la existencia de un punto intermedio: una demora suficiente para permitir que el problema se reestructure, pero no tanta como para que la llegada de la fecha límite absorba el tiempo adicional de pensamiento. 

Procrastinar también puede estar relacionado con una carga emocional 

Fros Campelo aborda la procrastinación desde otra dimensión. En lugar de reducirla a una decisión racional de hacer algo más tarde, señala la carga emocional que puede acompañar esa postergación. 

“Si hablamos de procrastinación, que consiste en postergar una decisión, tampoco estamos frente a un acto puramente racional”, afirma. Según explica, una decisión puede postergarse porque tomarla implica una carga emocional, porque demanda demasiado esfuerzo o porque sus consecuencias representan una amenaza. 

En palabras del especialista: “La decisión se posterga porque sabemos que tomarla supone una carga emocional, porque exige demasiado esfuerzo o porque las consecuencias de esa decisión representan una amenaza. Una vez más, las emociones son las que priman, no lo cognitivo”. 

Por eso, cuestiona que procrastinar o rumiar puedan utilizarse, por sí solos, como signos generales de inteligencia. Pueden, sostiene, estar relacionados con recursos intelectuales, pero eso no equivale necesariamente a inteligencia emocional. 

Cuándo el proceso deja de ser adaptativo 

Hostnik propone observar no solo la presencia de estas conductas, sino también su duración, su contexto y sus consecuencias. “Más que preguntarnos si una persona procrastina o rumia, resulta relevante comprender cómo, cuándo y con qué impacto lo hace”, señala. 

La especialista diferencia los procesos transitorios de aquellos que se vuelven crónicos o persistentes. En estos últimos casos, explica, pueden verse comprometidas las funciones ejecutivas, consumirse recursos atencionales, producirse interferencias en la regulación emocional y dificultarse la toma de decisiones. 

Por eso, su planteo evita clasificar de manera general la rumiación y la procrastinación como fenómenos positivos o negativos. “El desafío no es etiquetar estos procesos como buenos o malos, sino comprender cuándo reflejan un cerebro que está elaborando una respuesta y cuándo dejan de ser adaptativos, interfiriendo en la toma de decisiones, el bienestar y la capacidad de actuar”, sostiene. 

 

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