Por qué el Foro Económico Mundial dice que la salud financiera debería ser la próxima prioridad global

Por Equipo Santander Post | 12-05-2026 | 4 min de lectura

El acceso a servicios financieros creció un 80% desde 2011. Sin embargo, más de la mitad de los adultos en economías en desarrollo sigue sin poder afrontar un imprevisto económico. La inclusión financiera no alcanza si no viene acompañada de resiliencia. 

En los últimos años, el mundo celebró avances significativos en inclusión financiera. Hoy, el 75% de los adultos en economías de bajos y medianos ingresos tiene una cuenta bancaria, según el último Global Findex del Banco Mundial — un crecimiento del 80% desde 2011. El uso de servicios financieros también aumentó: cerca del 40% de los adultos ahorra formalmente. Son números que hace una década parecían inalcanzables. 

Y sin embargo, hay un dato que pone todo ese progreso en perspectiva: solo el 56% de los adultos en esas mismas economías dice que podría conseguir dinero extra de manera confiable en un plazo de 30 días para enfrentar un imprevisto — una enfermedad, la pérdida del empleo, un accidente. Y esa cifra no cambió desde 2021. En otras palabras, el acceso a servicios financieros creció, pero la resiliencia financiera se quedó estancada. 

Ese es el punto de partida del análisis publicado por el Foro Económico Mundial, elaborado por una economista líder del Banco Mundial y la directora de la oficina de la Abogada Especial del Secretario General de la ONU para la Salud Financiera. Su conclusión es directa: ha llegado el momento de que los hacedores de política dejen de medir el éxito solo por el acceso a cuentas bancarias y pongan el foco en algo más amplio y más exigente — la salud financiera de las personas. 

El dinero de todos los días: dónde duele más 

Una de las revelaciones más importantes del análisis es que la preocupación financiera no distingue niveles de ingreso de la manera que solemos asumir. El 30% de los adultos globales identifica los gastos mensuales como su principal preocupación financiera; el 26% señala los gastos médicos. Ese patrón se repite tanto en hogares de bajos ingresos como en los de ingresos más altos. La vulnerabilidad financiera no es solo un problema de pobreza: es un problema estructural que afecta a una porción mucho más amplia de la sociedad. 

A pesar de esa preocupación generalizada, la adopción de herramientas diseñadas para gestionar esos riesgos sigue siendo muy baja. Solo alrededor del 10% de los adultos en economías de bajos y medianos ingresos realiza pagos a una aseguradora. El ahorro formal para la vejez también es escaso: aunque el 14% de los adultos declara preocuparse por sus ingresos en la vejez, menos de uno de cada tres ahorra formalmente para ese fin. Y apenas el 9% de los adultos en esas economías recibe intereses sobre sus ahorros formales — un dato que ayuda a entender por qué el ahorro formal no termina de despegar. 

El ecosistema digital: promesa y riesgo 

El artículo también aborda una de las tensiones más relevantes del momento: la digitalización financiera como herramienta de inclusión, pero también como potencial factor de riesgo. A pesar de que tres cuartas partes de los receptores de pagos gubernamentales y la mitad de los asalariados del sector privado reciben sus fondos en cuentas bancarias, aproximadamente la mitad retira ese dinero en efectivo de manera inmediata. La razón es simple: las transacciones cotidianas — el almacén, el proveedor pequeño — siguen requiriendo efectivo. Eso limita la posibilidad de construir colchones de ahorro. 

Al mismo tiempo, los ecosistemas digitales en crecimiento rápido pueden acelerar el gasto impulsivo y debilitar la salud financiera si no vienen acompañados de protección al consumidor y diseño responsable de productos. La tecnología puede ser tanto aliada como amenaza, dependiendo de cómo se implemente. La conclusión del WEF es que avanzar hacia la salud financiera requiere liderazgo deliberado: regulación alineada, diseño de productos adecuados y ecosistemas digitales que incentiven el ahorro y el uso responsable del dinero. El acceso es el punto de partida — pero no puede ser el punto de llegada. 

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